Wednesday, February 15, 2006

dubitario


A continuación, sin previo aviso del autor, incluyo en este no-espacio el virtual prólogo para mi primer libro de relatos ("De génesis y encierro"). El texto, intitulado "Dubitario", fue escrito por el escritor guatemalteco Julio Avendaño y llegó a mis manos hace un par de semanas.

Es sabia la distinción que suele hacerse entre consecuencias e intenciones, aunque hartamente difícil de aplicar. Por ello, el mundo literario se encuentra plagado de escritores que con su obra buscan la acción de palabras tan mezquinas como comunicar, expresar, enseñar, moralizar, convencer, entretener, mejorar y un largo, pero no inagotable etcétera. Palabras mezquinas en el contexto literario y en la circunstancia de sustento del nefasto artilugio de someter a la Literatura –y a cualquier Arte– al dominio y fines de dichas palabras. Por ello, el mundo literario se encuentra plagado de lectores que con su lectura buscan el provecho que el Arte debe traer para ser arte. Ambos afanes son absurdos: la obra literaria no pretende que el lector piense o sienta de tal o cual manera; pretende, sí, entre otras tantas pretensiones, que piense y que sienta. El provecho del Arte no es un acto cuantitativo, sino cualitativo; acto, dicho sea de paso, que muy raras veces es consciente, por lo que resulta incontabilizable.

Así que las consecuencias de una obra literaria pueden ser tales o cuales, pero jamás deben serlo, porque las intenciones literarias están determinadas únicamente por lo Humano, libres de directrices ideológicas, políticas, sociales, éticas, religiosas, filosóficas y cuantas más existan, que aten o limiten sus aspiraciones. Aunque es definitivo que utiliza los recursos que estos ámbitos le pueden proporcionar, porque son en los que el ser humano se desenvuelve, y resulta como consecuencia y no como intención, su posible aplicación en dichos ámbitos. La aspiración de la Literatura –y de todo Arte– va más allá de cualquier ámbito y sus limitaciones.

La Literatura deviene en espejo de Lo Humano: especialmente de esa parte inefable, sutil y latente: esa parte que sólo el Arte –y dentro del Arte, la Literatura– logra esbozar imperceptiblemente. Esta imperceptibilidad hace bochornoso e inútil todo atisbo de explicación del provecho de la obra literaria, sea. Pero deja claro que las ingenuas pretensiones de contabilizar el provecho que una obra literaria trae o deja al receptor son, no sólo inútiles, sino imposibles.

Es en la obra literaria en donde el humano ejerce la magnitud de su individualidad porque no permite la normalización de las percepciones de cada lector: por más que los inevitables mensajes sean lo más explícitos o lo más sutiles, por más que se dedique una novela a un único tema o un poema a muchos y variados, es el lector quien asimila e interpreta la obra. Él decide con toda la fuerza y la libertad de su criterio. Nadie más que él puede abrir sus puertas al acto literario, de él depende esa coyuntural segunda parte ante la obra ya dada.

Entonces, lo único que resulta indispensable para el acto literario es: por parte del escritor, dominio de la palabra; por parte del lector, fe poética. Dúo que no conforma la totalidad de los requerimientos literarios ni por asomo, pero que sí hace patente su indispensabilidad.

¿Qué encontrará en De génesis y encierro un lector sin fe? Fluidez dominante. Tan dominante y matriarcal que no se le ha visto hasta ahora alejada, aunque a veces sí ofuscada o absorbida, de su consagrada familia. Eligió, no se sabe si acertadamente, desposar a Hermetismo, quien, desde antes de las nupcias, no sale de sí, y desde entonces, sale sólo por requisición de su mujer y señora. De las cotidianas relaciones entre la pareja, Fluidez quedó preñada de la niña que vino a consolidar la célula familiar, la linda y tierna Sutileza, quien se hubiera llevado de maravillas con su hermano menor si no es porque a éste no le gustó ni le gusta esconderse en los lugares preferidos de su hermana, además porque prefiere la risa a la ternura y, finalmente, porque a ella no le gusta enredar las cosas como acostumbra su hermanito. A él le llamaron Sarcasmo. Tenía para entonces suficiente Fluidez con su familia, pero lamentablemente para todos, la madre de Hermetismo dejó de existir y su padre quedó reducido a la tristeza y el desamparo. Fluidez, ante esta situación, decidió traer a su respetable suegro a pasar los últimos momentos de su existencia con su hijo, su nuera y sus nietos. Cabe anotar que esos últimos momentos se han prolongado impredeciblemente hasta el presente. Hermetismo, como se puede suponer, no dijo ni hizo nada ante la misericordiosa decisión de su mujer, sólo entró en un calamitoso e irreconciliable estado de mal humor. Con don Conflicto en casa, la matriarca llegó a comprender un poco mejor a su marido e incluso pudo observar algunas incipientes y alarmantes actitudes de los niños. Tuvo entonces Fluidez bastante para arrepentirse, pero no lo hizo. En lugar de ello decidió abrir permanentemente las puertas y las ventanas de la casa para que los asuntos allí encerrados se ventilaran. También contrató a un jardinero que le reverdeciera la grama y le sembrara agradables plantas. Pensó que el jardín ventilaría eficazmente los asuntos de la casa, pero no paró mientes en que lo primero que ocurriría sería que los dichos asuntos ventilarían el tal jardín mientras crecía para ventilar algún día los re-dichos asuntos. Sin embargo, el jardinero, diestro en su arte y tras agotadoras peripecias, logró, dados los atenuantes, maravillas en el re-tal jardín. Terminada la faena y viendo en ella su total satisfacción, dispuso llevar a cabo a la tarea de darlo a conocer, porque faenas tan arduas son dignas de ser compartidas. Y según palabras del mismo jardinero, “quedó como aquí está, sin más ni menos”.

¿Qué encontrará en De génesis y encierro un lector con fe poética? Una obra digna de ser leída y re-leída y, especialmente, disfrutada. En otras palabras, una obra con un fantástico dominio de la palabra. ¿Duda el lector? Pues que pase adelante y que abandone tan mal estado con sus propios ojos y su propio criterio. ¿Confía el lector? Pues que pase adelante y que disfrute.

Julio Avendaño

2 comments:

Arte said...

Perdiera mucho, si no confio.
Un abrazo amigo.
Y que digo, bueno, callo, y leeo.
Te cuidas.

Trenzas said...

Antes de nada; felicidades por ese libro, del que espero algún día nos dejes un fragmento, si aún no lo has hecho entre lo que has dejado aquí escrito.
Por lo que dice Julio, ya casi no puedo esperar :)
Me alegro mucho de que el talento se reconozca y tú lo tienes a montones.
Un abrazo, amigo