Wednesday, August 31, 2005

elucidación y onírico pretexto


...o de cómo escapar es más natural que separarse (o decir adiós)

Pero te puedo explicar la siestecita, verás: un letargo de casi dos horas y media, distribuido el tiempo de este modo: casi cien minutos de sueño profundo, desafiando a mi alter ego (el oso de la panza circunvelluda), considerando menudas escenas oníricas y manifestaciones inconscientes ajenas a la realidad, por citarte algo: un viejo que devora su propio bastón cual ardilla en cuarentena, un volcán surgiendo en pleno centro del patio de mi casa, una mosca con un solo ojo, etcétera; casi veinte minutos de volteretas ya que calor, brazos acalambrados e instinto animal nunca menospreciado; y el resto, inexacto, por supuesto, consumido entre babeo, estirones, acurrucamiento, bostezos, flatulencias y otros sonidos no identificados; para luego despertar molesto por esas terribles ganas de orinar y de abandonar las calurosas y pulguientas sábanas…

Y es verdad, no te lo puedo negar, es una forma de escapismo pero con miras introspectivas. Sí, cuando me desaparezco tal como hace más de dos horas y media, según tus apreciaciones temporales, y soy capaz de saborear un miedo que sólo para mí existe, más o menos un terrorcillo de tobillos anchos que es tan inquietante como cocinar la idea de caminar en la luna sin traje espacial y así por el estilo. Es el miedo de verme a mí mismo. Así que… lo siento. Prohibido traer espejitos ni lentejuelas.

Volviendo a lo onírico, hay algo que siempre se repite, pero que igual carece de la acidez de un eructo. Veras: yo estoy sentado en un túmulo de tierra, paisaje oblicuo y algo de niebla esparcida por allí, observando a tres niñas que juegan con algunas flores hechas con papel carbón y que se han manchado las manos, los brazos y la cara, las muy mulatas.

A la vez, estoy pensando en lo mal que sería si se nos tupiera la cabeza de tanto figurarnos una cena formal, con reservación, ropa elegante y todo lo demás, en un restaurante repleto de alfombras, peceras, muebles exóticos, lámparas fabricadas con lo que en algún tiempo fueron instrumentos de viento, relojes antiguos, gente idiota y meseras que no lucen ni como vos ni como yo, si yo fuera vos. Esto se me pierde de inmediato y continúo con lo anterior.

De pronto, las pequeñas niñas huyen hacia lo alto de una colina verde y se pierden en la espesura como si fueran dibujos animados y aparezco yo y me siento frente a mí, a verme. Noto rápidamente la facha de preocupación que tenemos los dos, de seguro por haber llegado tarde a la cita. Malditos turistas orientales y compañía, que taparon el túnel por donde ambos transitamos a menudo, sólo porque había un tortilla en el suelo y le estaban sacando no sé cuántas instantáneas a causa del gran parecido de mí con ella, más que nada, en cuanto a los rasgos físicos.

Las golondrinas tienen alta la temperatura y entonces estoy yo sentado en el túmulo de tierra y yo me estoy viendo desde más o menos diez metros sentado bajo un árbol de neblina y el miedo empieza a cundir mis percepciones, te preguntarás por qué, y es sencillo, volteo para ver si hay alguien más en el set y veo que yo estoy detrás de mí sentado en una chimenea, no viéndome a mí, sino a mí que estoy bajo un árbol de neblina, que ahora ya no lo es, porque es una torre de neblina, sin ramas. Un cuestionamiento me invade y me siento tan objeto de estudio, tan muestra para analizar y todo es tan perfecto, todo transcurre con la normalidad de los días de un año judío. Estamos tres, pero no es seguro, puedo estar engañándome como siempre, como cuando salgo de la ducha y digo que estoy limpio y que qué bien ser tan pulcro.

Los otros dos de los que te estoy hablando podrían ser una trampa. Lo raro es que en realidad no nos estamos viendo, nos configuramos en nuestra vistas, eso sí. Yo que estoy sentando en el túmulo de tierra estoy siendo objeto para yo que estoy sentando bajo un árbol y este yo también estoy siendo objeto para yo que estoy detrás de yo que estoy sentando en una chimenea, imaginándonos. La seriedad de esta como reacción en cadena me aterra porque observo lo estúpido que soy y lo miserable que también soy y lo patético que soy y a la vez me fascina. Por eso, cuando ya es tarde, no quiero aparecer de nuevo y sé que vos me estás haciendo tiempo y entendés que el cansancio es quien más me posee y pobrecito, deberá estar cansado y esta situación que, además de ser dura también es triste, lo agobia... siento tus manos en mi pelo y tu calor de topo que busca guarida, tus senos respirando... que siga durmiendo, mi bello durmiente, mi soldadito de plomo, pronto va a despertar y va a querer su chiche.

Pero cuando aparezco y te encuentro sola, leyendo a Nabokov o a Sábato sobre la cama que ya parece alacena, con tus sagaces gestos que me anuncian que no querés quebrar la calma, con tu estática estética que dora tus pestañas como si te hubieras puesto fijador para paradójico cabello en ellas, para no parpadear y así no esconder tus nervios, el panorama es distinto. Recurro a vos para que mi miedo sucumba, para sustentar nuestra cercanía con la ingravidez de la ocurrencia y lamer tus lágrimas con lozanía y decirte que los verbos reflexivos no existen, que sólo los recíprocos son necesarios porque nos humanan y nos susceptibilizan, aunque a veces sean siniestros; que la caída desde el peñasco no nos salva, pero que el remolino ha de juntarnos de nuevo, así como ahora tiene la amabilidad de separarnos, y digo amabilidad sólo porque no quiero ser un irrespetuoso, aunque no se lo merezca.

Pero ya no quiero hablar de eso, si hiciéramos un recuento de los minutos de los que hemos hecho uso para tratar y enfrentar lo que está por venir, vaya si no nos faltarían dedos y manos y pies seguramente, y a veces pienso que esta afloración del inconsciente debería remitirse a situaciones mejor encaminadas, talvez ya no nos reprocharían tanto lo poco originales que somos y que por proposiciones del estilo, esto se asemeja mucho a la que vivieron... a lo que entre tragos, cacahuates y cuchicheos contó... a lo que en los últimos días de su vida escribió... muy visceral todo. Siempre es lo mismo.

¿Sabías que el primer ser vivo que escuchó mis intentos poéticos, los mismos que nunca dieron resultado porque ya la elite estaba demasiado saturada y yo muy pagano para su sagrada conformación, pero que todavía alguien guarda en su memoria, fue un perro?

De "Correspondencia compartida". © Rafael Romero, 2001.

2 comments:

mariela said...

Si esto es una carta, la verdad, me encantaría ser la destinataria. Se aparta totalmente de los convencionalismos epistolares y con un toque coloquial (pero no vulgar)expande buena vibra, a pesar de que el "emisor" está con rodeos y rodeos para decir que se siente mal por separarse de alguien a quien quiere. Un buen rodeo, para mí, lo del sueño. A nadie le incomodaría escuchar un sueño como rodeo, ¿o sí? Buena técnica. Valió la pena la hora de navegación, ja ja ja. Con más tiempo, leeré los post anteriores, a ver qué sorpresas me llevo.

Gus said...

Me da la impresión de que te estoy oyendo hablar... el texto es coloquial y culto a la vez... muy bueno. Algo a lo Cortázar, me parece.