Monday, August 22, 2005

acerca de los perversos oficios














Había escrito ya tantas historias. La lista era interminable, o más bien eso era lo que cualquiera de nosotros habría querido. Ya saben, la maldita condescendencia. Pero debía dejar de escribir por razones tan obvias, tan obvias como negar el poder sobrenatural de los mares y las decepciones consuetudinarias. Escribir menos, no ayudaba; retirarse (o desertar, como hubiera dicho su posible traductor, Noel, Noel no, no él, sino Joel, uno de nosotros), eso sí, eso era lo más laudable que podía hacer, no sólo por él mismo, sino por el bienestar de todos sus lectores y de sus muchos admiradores en Timor del Este, Malta y en algunas regiones argelinas, sin olvidar Andorra y Djibouti. Los pobres ya se estaban acostumbrando a las repetitivas masturbaciones mentales, que tampoco era justo.

Pero no lo hizo.

Lo primero era despedir a Joel, los asuntos con él iban de mal en peor. Lo segundo, olvidarse por completo de que debía dejar de escribir, por cuestiones saludables. Lo tercero, enamorarse, así tendría un poco de más inspiración y de conflictos. Y lo cuarto, no contarme nada a mí, nunca. ¿Por qué esto último? Pues porque yo no soy muy de confiar. Además, doy pésimos consejos, tergiverso todo cuanto puedo, soy sangrón, me burlo del dolor ajeno, amo la frivolidad, vivo del pesimismo, ofendo sin darme cuenta, quizá hasta dos o tres días después, y todo me causa risa.

Pero tampoco lo hizo.

En su lugar, decidió no reglamentar tanto su vida, librarse, silbar por las mañanas, silbar por las tardes, y en las noches, dormir silbando, silbandormir, dorsilbar, sildorbarmir, dorbar, silbir, sildurmiendo, durbando... y así, hasta los días entrantes, en los cuales decidiría no escribir nada, sino por el contrario, silbar otro poco, dormir algunas largas siestas, escucharse cual canario trinando, roncar como método de exteriorización de lo sublime, hacerse el dormido, dormir los hechos, echarlos fuera, encontrar un sonido en su tiempo psíquico, invernar y despertarse con los sonidos de los grillos.

Como era de esperarse, tampoco lo hizo.

El mundo estaba al revés y él estaba demasiado cansado para tales contingencias. No quería, digámoslo así, esforzarse tanto en fracasar. Al mismo tiempo, había gente allá afuera esperando pizcas de su sangre, una simple asomada a la puerta, un saludo; pedían a gritos uñas, vellos, lágrimas, hojas de papel, piel muerta. Entonces pensó llamarme enseguida. Yo habría estado dispuesto a ayudarle, habría dicho que no cuando él dijera que no, lo habría elogiado panegíricamente por su habilidad para dormir y silbar al mismo tiempo, le habría traducido hasta lo intraducible a pesar de los pesares... pero no lo hice. Aparentemente, todo residía en no hacer absolutamente nada. Él me lo había inculcado, o sin quererlo, yo lo había aprendido.

La última vez que intimé con él, lo encontré un poco enfermo, vomitando una especie de líquido de frenos. Era lo que la gente allá afuera pedía.

Jamás volvería a cuestionarse si dejar de escribir o no, supongo.

7 comments:

Julio Avendaño said...

Alterególico hasta donde no más!!! Me gustó mucho el manejo de las personalidades, tanto por su proyección como por su connotación (¿estamos estableciendo alguna clase alterna de comunicación?); irreverente ante la pantomima del individuo "conflictuado" frente a sus conflictos. Siempre utilizando el acostumbrado barniz existencialista para proteger a la madera irónica, que por dura no necesita protección contra la polilla de lo tirllado ni del polvo de lo escueto.

elepé said...

¿es acaso el ocio un motor al igual que los conflictos? ¿algo que te mueve a llevar a cabo? ¿hablar acerca de escribir o escribir y punto? al leer tu relato las cuestiones brotan como gusanos de un animal en vías de la putrefacción... como que se contagia la cosa.

rex said...

Dejá de cuestionarte tanto, para qué, es obvio que podés escribir y sos bueno en eso, digo, si es que el personaje está basado en vos, si no, no me hagás caso o tomálo cómo querrás.

Anonymous said...

Muy de acuerdo con rex, es que si algo no soporto de los escritores es ese rollo fatalista que les lleva a nunca encontrar el éxito y disfrutar de sus escritos, sin complejos!

blue said...

Algo para agregar es el hecho de que ya el simple hecho de ser "ser humano" y de estar consciente de lo que eso implica, te crea conflictos... si el personaje del relato los tiene, es porque está consciente de ello, sin embargo, yo espero "que nunca deje de escribir", porque aunque no lo sepa o no lo quiera ver así, vale y vale mucho, se nota.

malena said...

La vida es un cuestionamiento eterno, sin ello, todo sería tácito y hasta aburrido... un escritor que cuestiona a los demás por medio de su obra, pero no se cuestiona a sí mismo, en pocas palabras: NO SIRVE, ES FALSO. No sé si esto lo sepa Rex, ¿o sí?

rastros said...

Comparto lo que escribe Malena... No conozco a nadie, de hecho, que pretenda comunicarse y no se cuestione. Si ese cuestionamiento lleva a Rafael a escribir, aunque no sé si esté bien compararlo con el personaje del relato, que lo siga haciendo, al fin y al cabo, todos tienen sus motivos, ¿no? Enhorabuena Rafael, un gusto encontrar mucho de lo que esperaba en tu blog.